martes, 1 de junio de 2010

Concurso de relatos 2010

Tiempo de dolor, (homenaje a mis abuelos)

Año 1917. Una modesta estación de ferrocarril. Un grito de horror. Un hombre joven yace en la vía, empotrado entre las ruedas del tren y el andén.

Horas después, ese mismo hombre lucha al borde de la muerte, con sus piernas y el brazo derecho bárbaramente amputados por unas ruedas asesinas, mientras una joven muchacha embarazada de seis meses, llora desesperadamente la tragedia. Él había ido a la estación a buscar a su madre que volvía de la capital y en su afán por verla no había esperado a que el tren se detuviera totalmente y saltado sobre el estribo, había resbalado y caído, justo cerca de una rueda que avanzaba lentamente. Quiso apartar sus piernas con el brazo derecho, pero la rueda siguió su marcha implacable.

Meses después, el hombre sigue hospitalizado, mientras la mujer busca la forma de ganar algún dinero para cubrir los gastos de un marido en el hospital y dos hijas pequeñas, una recién nacida, mi madre. Consigue ayuda de un almacén que le presta un saco de alpargatas para que las venda por el pueblo y luego se las pague. Después consigue más cosas y las sigue vendiendo en el pueblo. Y así, poco a poco, va montando una pequeña tienda en su modesta casa, donde vende de todo, sin descuidar las visitas al marido y la crianza de sus hijas.

Y pasa más tiempo y el marido vuelve a casa. Los muñones de sus piernas son tan cortos, que no admiten ningún tipo de prótesis y así tiene que improvisar dos patas de palo como si fuera un pirata y dos muletas. Pero es un luchador y no se resigna a no hacer nada. Con un carro, al que se sube como puede y una jaca, va al almacén del pueblo cercano por donde pasa el ferrocarril y carga género para la tienda. Pero todavía se atreve a más; cargando el carro ayudado por un hermano se va días enteros por los caseríos y pueblos cercanos a vender y cambiar. Una caja de jabón por un cordero.

Lee a sus madres las cartas de los hijos que están en la mili. Les lleva alfileres o sellos y muchas veces no se los cobra. Es generoso. Ayuda a la gente. Les vende género a crédito. Pagarán cuando llegue la cosecha del vino o del aceite o del trigo. Y finalmente tiene un extraordinario sentido del humor. Además, tuvo que aprender a escribir con la mano izquierda, superando la terrible tragedia que había sufrido y contando con la ayuda inestimable de su mujer, que se convirtió en esposa, amante y enfermera, sin dejar de atender a sus hijas y a la tienda. En resumen eran un prodigio extraordinario de valor, esfuerzo, lucha y tenacidad.

Con cinco o seis años yo acompañé muchos días a mi abuelo, saliendo a las cinco de la mañana por aquellas malas carreteras y volviendo cansados y agotados a las diez de la noche. Fue mi maestro junto con mi abuela, en todos los aspectos fundamentales de la vida y por eso les quiero rendir este modesto homenaje, porque gracias a ellos me formé como un hombre.



                                                                           José Luis

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